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¿Por qué admiro a los demás abogados?


Desde que soy pequeño mi padre es abogado, para mí siempre ha sido lo normal. En el colegio y el instituto, los padres de otros niños eran funcionarios, mineros, médicos o camareros, pero el mío siempre fue abogado. Partiendo de esa base, claro está que mi razonamiento infantil no iba más allá de considerar que la abogacía, al igual que el resto de profesiones, era una forma digna de luchar por ganarse la vida y mantener a una familia.

En la adolescencia, caracterizada por esa rebeldía (no siempre con causa) que te hace cuestionar cada cosa que tus padres dicen o hacen, sumado a la imagen proyectada en general tanto por cine, literatura y televisión del abogado como un ser frívolo, capaz de todo, sin escrúpulos, estirado y perteneciente a un ambiente muy formal hacían que, a mi entender, ser abogado fuese todo lo contrario a todo lo que yo pudiese desear hacer con mi vida el día de mañana, algo contrapuesto a los sueños de juventud. Pese a esto, mi padre, pese a nuestras clásicas diferencias generacionales y paterno-filiales, siempre me pareció un tipo honrado y amable.

Caprichos del destino, al acabar el instituto, me matriculé en Derecho. No fue una decisión muy premeditada, sino más bien el típico “no sé qué hacer con mi vida y se me echa el tiempo encima, así que lo mismo que mi padre”. Por probar. En la carrera, como muchos otros, no fui buen estudiante, habiendo años enteros que directamente pasé de todo, pero de todas formas acabé licenciándome. Posteriormente hice la Escuela de Práctica Jurídica, y ahora estoy aquí, ejerciendo.

En el tiempo que llevo trabajando, consciente de que todavía me queda muchísimo por seguir aprendiendo, he sacado algunas conclusiones sobre esta profesión que han mejorado la imagen que inicialmente tenía de los que la ejercían. No seré aquí el típico egocéntrico que promulgará a los cuatros vientos que su profesión es la más complicada del mundo (aunque algo de eso hay), pero sí que tiene ciertas particularidades que hacen que para optar por este camino haya que echarle bastantes agallas.

Podemos empezar por mencionar que para el conocimiento humano resulta inabarcable el conjunto de normas aplicables en su totalidad, así como de toda la jurisprudencia. Es tan amplia y cambiante la realidad jurídica, que constantemente se nos ofrecen dudas en el estudio pormenorizado de un caso y nos cuestionamos si lo que creemos que es de un modo es realmente así o cometeremos un estrepitoso error dando nada por sentado. Esa inseguridad, esa falta de una certeza total y absoluta, es lo que hace que, al mismo tiempo, el ejercicio de nuestra profesión sea algo tan poco monótono, aburrido y mecánico, pero también lo que la hace una profesión bastante estresante y causante de constantes quebraderos de cabeza.

Otra dificultad con la que nos encontramos, es con aprender a digerir la dinámica victoria/derrota propia de nuestro día a día. Al igual que un deportista, prepararse y darlo todo en los entrenamientos es requisito indispensable para optar a algo, pero en ningún caso te garantiza el éxito. Para la mente humana no es fácil asimilar que una vez habiendo hecho el máximo e incluso creyendo merecer la “victoria”, podamos perder. Aprender a preparar un caso con todos nuestros medios sin llegar a tomárnoslo como algo personal, es algo decisivo para sobrevivir en esta jungla.

Los plazos son otra de esas peculiaridades tan molestas e incontrolables. Una semana crees que lo tienes todo organizado y programado, vas a tu ritmo, y trabajas pero no sientes agobio. De repente, dos notificaciones en Lexnet, aceptar, dos plazos casi exactos para dos tareas, cada una de las cuales podría ocuparnos todo ese tiempo. Fin de la paz, ataque de nervios y al toro. Y esto va a ser así, sin remedio, hasta nuestra jubilación, por muy organizado o previsor que seas.

¿Qué decir de los clientes? Los hay de tantos tipos como tipos de personas hay en el mundo. Nuestra formación académica no incluye la psicología (al menos la mía) y depende de la capacidad y de la intuición de cada uno poder llegar a entenderse con cada cliente. Aquí es donde nace el famoso “en este país no hay justicia”, y no siempre es sencillo explicar que la justicia, en el sentido romántico e infantil del término que de algún modo todos buscamos en la vida, efectivamente, no siempre la hay. Que lo que sí que hay es una Administración de Justicia, de creación humana y no divina, con sus imperfecciones y fallos.

Y, finalmente, llega la hora de cobrar. En esta profesión, hay un elevadísimo índice de ejercientes por cuenta propia. Muchas veces, hablando con amigos ajenos a la abogacía y asalariados, parece que nunca alcanzan a comprender del todo que yo no sepa cuánto voy a ingresar a lo largo de los próximos meses, si poco, si mucho o si nada, y que aún así tenga que hacer frente a los mismos gastos fijos que ellos. Seguramente, no sea algo justo (risas), pero es así. Por otro lado, está la histórica cultura que hay en este país de valorar mucho más los productos que los servicios, y como nuestra tarea no puede verse, tocarse, medirse ni pesarse, parece que no se aprecia todo el trabajo, las horas de esfuerzo y las preocupaciones que hay detrás de ella, y todo resulta caro a ojos de quien precisa nuestros servicios. Y eso ya sin entrar a que, cuando el resultado de un pleito es el deseado, se supone que la persona tenía Derecho a ello, porque simplemente se ha hecho Justicia. Sin embargo, cuando no es el deseado, generalmente nace la sospecha de que alguien (abogado, juez…) no hay hecho correctamente su trabajo.

Todas estas cosas son las que hacen que ser abogado sea a la vez un camino entretenido e interesante, y un camino con muchos baches, cuestas e incluso argayos. De ahí que, hoy en día, conciba a todos mis compañeros como todoterrenos duros y con capacidad de tolerar la frustración y superar las adversidades, cosa que no puede causar en mí otra cosa que una enorme admiración y empatía. Por eso, cuando alguien dice “¡ese vaya bien que vive!” refiriéndose a un abogado al que parece irle bien, para mis adentros siempre me río y pienso: ¡pobre iluso, no imaginas todo lo que hay detrás!

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CARLOS DIAZ DIAZ

Col. 5884 ICAOviedo

Licenciado en Derecho por Universidad de Oviedo

EPJ del principado de Asturias

CAP para el ejercicio de la abogacía

Abogado en Fonseca y Buylla Abogados

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