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Los cuentos del código penal


La pálida doncella que mordió una manzana

 

       Como todo buen cuento que se precie, es nuestro deber empezar por un gran principio, y que mejor inicio que un… Erase una vez, en una tierra muy lejana. Debemos saber que no es que la tierra quede tan lejana como se expresa en el cuento, pero necesitamos creer que esos sucesos por increíbles que sean, quedan alejados de nuestra casa. Porque sino todo el mundo esperaría con miedo el beso de un desconocido, o a que nos regalen fruta envenenada.

      Pero en estos relatos del código penal nos gusta ir un poco más allá, pues qué sería de nuestro mundo si no pensáramos un poquito más, aunque sea de un modo retorcido. Así que como íbamos diciendo, en esa tierra muy lejana vivía una bella princesa. Por supuesto que tienen que ser las doncellas bellas y ser princesas o de alta cuna, pues los cuentos son el papel couche de la época y si fueran doncellas corrientes o las hijas de un panadero no hubieran tenido la misma tirada.

      Como íbamos diciendo, esa dulce princesa, tenía una madrastra, la reina, que habiendo muerto la madre de la hermosa niña, había engañado al padre de ésta para convertirla en su esposa. Y como no puede ser de otra manera, tiene que ser una madrastra, que tiene no el deber sino la obligación de ser malvada.  Uno porque si no nos quedaríamos sin cuento y otro porque si fuese la madre natural y no una señora que con sus sibilinos encantos quisiera matar a la princesa, el cuento sería terriblemente más cruel.

             Eso sí, tenemos que decir que gracias a los creadores de los cuentos infantiles tenemos bien enraizado la ojeriza a la figura de la madrastra, porque sabemos que son todas malas. Siendo esto de gran ayuda para, no sólo conseguir una disolución matrimonial lo más civilizadamente posible, sino para intentar solucionar las custodias de los hijos menores.

              El relato continúa diciendo… la reina tenía un espejo mágico, que distando de decirle cosas útiles como, por ejemplo, si alguien iba a asediar el castillo, o como iban a ir las cosechas ese año, le dice quién es la más hermosa del reino entero.

              Este espejo que no servía para mucho más, le decía todos los días que, por supuesto y faltaría más, ella era la más hermosa entre todas las mujeres. Seguro que, por miedo a ser tirado al suelo, aunque hoy en día, si por tema de vanidad se trata, seguro que tenemos una aplicación para el móvil que le resultaría más eficaz y más sencillo.

             Y nos preguntamos a todo esto ¿si tan mágico era ese espejo, decir solamente si es o no hermosa, no puede ser un motivo de estafa? Si analizamos el Artículo 248 del Código Penal: “cometen estafa los que con ánimo de lucro utilizaren engaño bastante para producir error en otro, induciéndolo a realizar un acto de disposición en perjuicio propio o ajeno.” No sabemos si obtiene o no lucro, pero producir con ese engaño un perjuicio para la pálida doncella eso seguro.

            Y fueron pasando los días y los años, y un buen día la reina, que no tenía otra cosa que preguntar, se dirigió como siempre a su espejo. Y este que debió conocer el pegamento, con todos sus reflejos encima de la mesa contesto…la doncella pálida. Os podéis imaginar como estaba la malvada reina, que ahora sí que se había ganado con todas las letras el mote de malvada.

          Enfurecida y llena de odio, llama a un cazador y le dice algo como llévatela al bosque, mátala y como prueba de haber realizado mi encargo, tráeme en este cofre su corazón.

           Analicemos esta frase, pero sin importarnos lo más mínimo el sujeto y el predicado. Sino que situemos en nuestro libro preferido de estos cuentos, que no es otro que el código penal. La de cosas que tenemos aquí.

Podemos encuadrar al cazador en el artículo Artículo 139:

“1. Será castigado con la pena de prisión de quince a veinticinco años, como reo de asesinato, el que matare a otro concurriendo alguna de las circunstancias siguientes:

Con alevosía, por precio, recompensa o promesa, con ensañamiento, aumentando deliberada e inhumanamente el dolor del ofendido, para facilitar la comisión de otro delito o para evitar que se descubra.

2. Cuando en un asesinato concurran más de una de las circunstancias previstas en el apartado anterior, se impondrá la pena en su mitad superior”.

      En nuestra humilde opinión, que maten a alguien usando para ello un cuchillo para extraerle el corazón y luego lo metan en un cofre. Entra dentro de la alevosía definiéndose esta como circunstancia de haberse asegurado quien comete un delito contra las personas de que no corre ningún riesgo que pudiera provenir de una reacción defensiva por parte de la persona atacada y por supuesto el segundo supuesto que sea por precio o recompensa o promesa.

         Y para encima, sabemos que la doncella pálida es la princesa más joven de todas las princesas de los cuentos, que no supera los 14 años de edad por tanto debemos aplicar el Artículo 140.1: El asesinato será castigado con pena de prisión permanente revisable cuando concurra alguna de las siguientes circunstancias:  Que la víctima sea menor de dieciséis años de edad, o se trate de una persona especialmente vulnerable por razón de su edad, enfermedad o discapacidad”

         Pero no nos alarmemos, no llega la sangre al río. Como ella era tan joven y bella, el cazador se apiadó de la niña y le aconsejó que buscara un escondite en el bosque.

     La pálida doncella corrió tan lejos como se lo permitieron sus piernas, tropezando con rocas y troncos de árboles que la lastimaban. Por fin, cuando ya caía la noche, encontró una casita y entró para descansar. La encantadora joven corrió y se escondió, pero se escondió en una casa. Y aunque en aquella época eran un tanto más hippies para algunas cosas, si nos fijamos en el Artículo 202. 1 “El particular que, sin habitar en ella, entrare en morada ajena o se mantuviere en la misma contra la voluntad de su morador, será castigado con la pena de prisión de seis meses a dos años”. Muy encantadora y muy hermosa pero también y con todos nuestros respetos, un poco okupa.

        Todo en aquella casa era pequeño, pero más lindo y limpio de lo que se pueda imaginar. Cerca de la chimenea estaba puesta una mesita con siete platos muy pequeñitos, siete tacitas de barro y al otro lado de la habitación se alineaban siete camitas muy ordenadas. La princesa, cansada, se echó sobre tres de las camitas, y se quedó profundamente dormida.

      Cuando llegó la noche, los dueños de la casita regresaron. Eran siete enanitos, que todos los días salían para trabajar en las minas de oro, muy lejos, en el corazón de las montañas. No vamos a entrar a valorar aquí la contratación de los siete enanos porque nos iríamos de la materia que nos trata, pero ojo, esto seguro que es una verdadera mina para los amantes del derecho del trabajo.

       Se acercaron para admirar a la niña teniendo cuidado de no despertarla. Por la mañana, la interrogaron tan suavemente que ella se tranquilizó y les contó su triste historia.  Le contaron que, si quería cocinar, coser y lavar para ellos podía quedarse y la cuidarían siempre. Pero vamos a ver, aquí nadie lee que la interrogaron, aunque fuese dulcemente. Nadie se fijó tampoco en que era una menor que vagaba por el bosque y va a estar con siete hombres que le recomiendan que no salga de su casa. No podemos estar ante el Artículo 163: “El particular que encerrare o detuviere a otro, privándole de su libertad, será castigado con la pena de prisión de cuatro a seis años”

       Los enanos le advirtieron que tuviese mucho cuidado pues la madrastra, que era bruja. Ya se lo dijimos al principio del relato, todas las madrastras son ya no solamente malas, sino que también son brujas. Descubrió el paradero de la doncella. Y disfrazándose de viejecita, la madrastra entregó una manzana envenenada a la princesa para causarle la muerte. Aquí vemos unas intenciones muy claras, porque en los cuentos no se andan con chiquitas, o se causa la muerte o nada y parece que no nos movemos del Libro II, Titulo Primero del homicidio y sus formas.

          

      Para los enanos y puestos a buscar responsabilidades, podemos ver, ya que prometieron cuidar a la doncella siempre y sabían que la madrastra era tan mala como para causarle algún tipo de mal, podemos añadir una culpa in vigilando del Artículo 1903 del Código Civil: “aunque el daño haya sido ocasionado por otra persona, se entiende que el responsable tenía la obligación de supervisar, o vigilar o cuidar de la persona que los ocasiona y que precisamente su negligencia en dichas tareas es la consecuencia de que se haya producido el daño.” Puede ser rizar mucho el rizo, pero todo es ponerse.

       Los enanos encontraron a la doncella muerta, y no pudiendo enterrarla bajo tierra, decidieron hacerle un ataúd de cristal.

      Un buen día un príncipe, que paseaba con su caballo blanco, vio a la bella doncella y se enamoró de ella. Logró que los enanos le permitieran llevar el cuerpo a su palacio donde prometió adorarla siempre. Pero cuando movió la caja, tropezó y el pedazo de manzana se desprendió de la garganta. La doncella despertó, todos fueron felices y ella aceptó ir a palacio y casarse con el príncipe.

       No podemos más que insistir en las casualidades de los cuentos pues debe ser un príncipe y no nadie más, con un caballo, porque no puede ser de otra manera. Quien encuentre y se enamore de la princesa. Os invitamos a decirnos que veis de oscuro en el comportamiento del príncipe.

   Y aunque todo acabara bien y sean felices como perdices no podemos olvidar los extraños sucesos que ocultan los relatos que nos contaban de pequeños

       Colorín Colorado, este cuento se ha terminado.

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Ilustración de Andy Baraja 

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Original de Togadas

 

 

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