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Que Quiero Ser de Mayor… Abogado


Cuando finalicé el entonces denominado C.O.U. (Curso de Orientación Universitaria), y una vez superada la prueba de acceso a la Universidad, en aquél tiempo llamada selectividad, mis preferencias de estudios universitarios se dirigían claramente hacia las humanidades, especialmente hacia las lenguas clásicas, no hacia el Derecho, del que apenas sabía en qué consistía, hasta que tras comentar en familia la posible decisión, mi hermano mayor, Ramón, que por entonces llevaba varios años ejerciendo como abogado, me dijo algo parecido a “déjate de  tonterías y ponte a estudiar Derecho…” transmitiéndome la idea de que se trataba de una formación  con más salidas profesionales y que siempre podría retomar mis preferencias clásicas en cualquier momento y compatibilizarlas con la profesión jurídica que en su día pudiera elegir.

Así fue como en el año 1983,  sin mucho convencimiento, pero con la certeza de que los estudios de Leyes podían ser la mejor opción para un joven de letras con una marcada aversión natural hacia las matemáticas, inicié mi andadura en la Facultad de Derecho de la Universidad de Oviedo, situada en el edificio de la calle San Francisco, obteniendo la licenciatura en el año 1988.

Como mi hermano tenía abierto su Despacho desde el año 1976, opté sin dudar por el ejercicio profesional de la Abogacía, incorporándome como pasante al Despacho “Ramón F. Mijares y Asociados”, hoy día “Mijares Abogados, S.L.P.”, en el mes de diciembre de 1988, y al Ilustre Colegio de Abogados de Oviedo el día 12 de enero de 1989.

En ese momento aún no se había creado la Escuela de Práctica de Jurídica, pero nuestro Colegio organizaba con éxito los denominados Seminarios de Práctica Jurídica, a los que asistí en el curso 1988-1989, y en los que impartían docencia numerosos compañeros.

Guardo muy gratos recuerdos de los primeros años de ejercicio profesional, cuando la mayor preocupación era aprender,  adquirir experiencia, con tiempo y tranquilidad, pues todavía lo permitía la leve carga de trabajo que un abogado en ciernes podía tener.

Al día siguiente de jurar como abogado, tuve que intervenir en una vista de apelación civil ante la Audiencia Provincial de Oviedo en sustitución de un compañero, lo cual fue fruto más bien de la audacia de la edad y de los  ánimos que dicho compañero y otros me insuflaron, convenciéndome que sería sencillo y sin consecuencias para el cliente. La tarde anterior me facilitan los documentos principales del procedimiento, con la minuta que me aconsejaron leer en la vista, previa autorización del Presidente de la Sala, y me pasé varias horas de la noche intentando comprender el asunto, lo que no pude lograr del todo dada su dificultad. Aún así, cumpliendo mi atrevido compromiso, nada más llegar a la Sala de vistas, compruebo que tenía enfrente como apelados a cuatro de los mejores Abogados de Oviedo, y haciendo de tripas corazón, me presenté al Presidente del Tribunal, D. César Álvarez-Linera y Uría, comunicándole que era mi primera intervención, que asistía en nombre de un compañero y le solicitaba permiso para leer la minuta que me había facilitado, a lo cual accedió benévolamente, dándome ánimos, y hasta incluso  felicitándome protocolariamente al finalizar mi lectura,  deseándome toda clase de éxitos profesionales. Pasados unos días el compañero sustituido me comunica que se había dictado sentencia en el asunto, y que todo había salido muy bien porque aunque habían desestimado el recurso no le habían impuesto las costas … Así fue mi bautismo de fuego como Abogado.

He tenido la fortuna de disfrutar de las enseñanzas de grandes maestros, como Ramón Mijares y Víctor Manuel Fernández Alonso, y la posibilidad de formarme en varias materias, principalmente en Derecho Civil, Penal, Mercantil y Administrativo, sin descuidar la obligada deontología profesional, e intervenir en todo tipo de procedimientos y jurisdicciones, desde los Juzgados de Paz, de Distrito, hasta el Tribunal Supremo, incluyendo la jurisdicción Militar.

En mis primeros años de ejercicio, nuestro Despacho intervenía en numerosos juicios de faltas derivados de accidentes de circulación, lo que me permitió recorrer todos los partidos judiciales de  Asturias y conocer a todo tipo de compañeros, Jueces y Fiscales con los que, dada la espléndida relación existente,  en más de una ocasión se compartía mesa y mantel al finalizar las vistas.

Pasado el tiempo, tuve mi primera intervención ante el Tribunal Supremo, concretamente en la  Sala de lo Penal. Me desplacé a Madrid  en tren la noche anterior para evitar retrasos, y a primera hora ya estaba en el Tribunal orientándome para encontrar la  sala de togas, la sala de vistas, y ambientarme en ese impresionante lugar. Al poco tiempo, se me acerca un caballero ya mayor, amabilísimo, que seguramente apreciando mi bisoñez,   se ofrece a guiarme a la sala de togas y posteriormente a la de vistas que me correspondía. Acepto sin dudar la invitación, le comento que venía de Oviedo y él que conocía a buenos  abogados de nuestra ciudad, me ayuda a poner la toga y me conduce hasta la Sala en la que se iba a celebrar la vista a la que debía asistir. Le agradecí sinceramente todas sus atenciones, y se despide identificándose como Federico Carlos Sáinz de Robles, abogado. Una vez que se marcha, me di cuenta que se trataba, ni más ni menos, de quien había sido Magistrado del Tribunal Supremo, primer Presidente del Consejo General del Poder Judicial y Presidente del Tribunal Supremo, que una vez jubilado, ejercía como abogado especialista de lo Contencioso-Administrativo.

Cualquier abogado con varios años de ejercicio profesional podría contar anécdotas como éstas, que ponen de manifiesto la singularidad de nuestra profesión y de las personas que la desarrollamos.

Un abogado se enfrenta diariamente a problemas con intención de solucionarlos legalmente de la mejor manera; ése es su trabajo. Siempre se encontrará con numerosos obstáculos que habitualmente deberá superar solo y frente a muchos. Por eso el abogado está hecho de una pasta especial, con capacidad de  aguante, mucha resiliencia, debiendo superarse constantemente, asumir las derrotas sin frustrarse y celebrar las victorias con templanza.

Muchas veces la profesión es ingrata pues, en ocasiones, cuando se obtiene un buen resultado, el cliente te dirá que el asunto era fácil y estaba ganado; y cuando se pierde, que no lo hiciste bien.

Pero los malos momentos se compensan con creces cuando se comunican las buenas noticias al cliente, compruebas que por tu esfuerzo se consiguen cosas importantes y hasta cambios trascendentes, porque sin lugar a dudas, son los abogados quienes hacen avanzar al Derecho, planteando cuestiones que modifican la ley y las decisiones judiciales.

A  quienes decidan ser Abogados o están iniciando su vida profesional les diría que tengan presente el decálogo de Couture; que sean pacientes y constantes, nuestra profesión es una carrera de fondo; que estudien y se formen continuamente; que trabajen y preparen bien los asuntos, por nimios que sean; y desde luego, que cultiven el compañerismo y observen las normas deontológicas.

En definitiva, la Abogacía es una gran profesión y de tal manera ha de ser considerada que, como dice el Dr. Couture,   “el día en que tu hijo te pida consejo sobre su destino consideres un honor para ti proponerle que se haga Abogado”.

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PELAYO F. MIJARES

Abogado, subdirector de la firma “Mijares Abogados, S.L.P.”

Secretario del Ilustre Colegio de Abogados de Oviedo.

Profesor del Máster en Abogacía.

 

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Ilustración de Andy Baraja Estudio Creativo 

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